Semilla
De la oscuridad a romper el suelo y florecer.
Todo a mi alrededor es oscuridad. La luz no llega acá, sé de alguna manera que existe, pero yo no la veo. No todavía.
Soy un bollito humano, desnuda, acurrucada en posición fetal. Todo es húmedo. Todo es incómodo. No puedo moverme. No puedo casi respirar.
Tampoco puedo descansar así.
Hay algo latente que siento adentro de mí, una fuerza salvaje que quiere nacer. Una pulsión, un deseo, una chispa que si agarra leña va a crecer. Pero, ¿cómo carajos voy a nacer si estoy tan incómoda acá?
Tengo que estirar mis piernas, checkear si todavía tengo mis pies. No los siento. Estuve tan quieta en este tiempo que me paralicé. Me cuesta moverme. Me desafía. Me duele moverme. Pero estoy tan incómoda que no me queda otra.
Me muevo. Lento, dudando, con dolor. Me estoy moviendo.
Ahora que me muevo, puedo volver a levantar mis párpados. Veo. Estoy bajo tierra. Yo misma (me) sembré. Lo salvaje no puede contenerse más, lo siento serpenteando en mi interior, crece y se expande como una enredadera hasta que encuentra las plantas de mis pies y sale al mundo. Mis recién paridas raíces tocan por primera vez la tierra fértil que me rodea, se regocijan, se abrazan con ella, se siguen expandiendo. Son más largas y fuertes de lo que pensé, se afirman en la tierra con determinación.
Cada segundo que pasa me siento más sostenida. Muevo también mis brazos lentamente. Siento en la piel la promesa de la luz que está del otro lado de la oscuridad. Escucho que me llama, no con urgencia, sí con presencia. Mis raíces siguen brotando con ferocidad, haciéndome cada vez más fuerte.
Decido que es hora de atender ese llamado, de extender mis manos a la luz. De romper la tierra y tocar el aire y la luz y la vida. Ahora la fuerza de lo salvaje sale por mis manos, verde, llena de una vida que es mía pero que recién estoy conociendo. Extiendo mis manos hacia arriba, voy en busca del sol. Un poco más. Siento la tierra más calentita, lo siento cerca, pero todavía el esfuerzo me duele. ¿Cuánto más me tengo que estirar?
Y ahí sucede, cuando pensé que todo ese crecimiento para abajo y para adentro nunca iba a ver la luz, siento la primera brisa de aire fresco en mi piel que asoma de la tierra.
Saco una mano, la hago bailar mientras estiro mis dedos, saco la otra. Hago espacio para el resto de mi cuerpo. Veo los primeros rayos de sol en mis ojos en meses. No duele ya, pero ya no estoy acostumbrada a tanta luz y dudo si estoy haciendo lo correcto. La vida que brota de mis manos se desborda llena de hojas. Esa es mi respuesta. Ese es mi sí.
Me arrodillo, ya estoy mitad afuera. El sol acaricia mi desnudez, el aire me hace cosquillas. Sonrío y lloro, porque estoy naciendo. No sabía cómo hacerlo, pero lo estoy haciendo igual.
Me pongo de pie.
Me acomodo en mi lugar, soy tallo. Mi pelo baila con el viento, de mis ramas empiezan a brotar flores que se abren con una magnificencia soberana, sabiéndose lo más hermoso de la naturaleza que me habita.
Yo fui semilla. Y ahora soy raíz, brote, tallo y flor.



Qué hermoso!